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sábado, 28 de mayo de 2016

La nota a pie de página...

Menospreciadas por muchos autores y editores y reverenciadas en el ámbito académico, las notas a pie son acaso una zona de guerra entre dos modelos de autoridad.


[...]El escritor Patricio Pron presume de ser autor de una tesis doctoral titulada “‘Aquí me río de las modas’: Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina”, que cuenta con cuatrocientas seis notas a pie de página, y de un ensayo, El libro tachado (Turner, 2014), que incluye doscientas veintitrés notas a pie en sus escasas trescientas ocho páginas.
“En una ocasión le pregunté a una joven doctoranda cuyo cabello había encanecido repentinamente si esto había sido por una enfermedad o una tragedia personal. ‘Ni una cosa ni la otra’, me respondió ella, ‘fue por las notas a pie de página’.

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Edward Edwin Foot era “patológicamente incapaz de dejar sus poemas tranquilos”, afirma Nick Page: el autor tenía algo menos de cuarenta años cuando se hizo imprimir en Londres en 1867 unos Original poems plagados de notas a pie de página “verbosas, frecuentemente inútiles y a veces más largas que los poemas”. Las notas comenzaban en el prefacio mismo de la obra; la frase inicial “El autor* del presente volumen [...]” es adornada ya con una, que indica “* Un nativo de Ashburton, en el condado de Devon.” Las que le siguen no son menos innecesarias: el poema “Raven Rock”, por ejemplo (una simple descripción de las vistas desde ese pico), es sodomizado por tres notas a pie de página en sus primeros siete versos, dos de ellas detallando altitud, ubicación y accesibilidad de la montaña del título y de un río próximo y la tercera especificando que, en el verso “A menudo he contemplado yo su curso”, el “yo” mencionado hace referencia “Al autor del poema”. En la carencia total y absoluta de ironía de estas incursiones didácticas, Foot hacía honor a su profesión (era funcionario de aduanas), pero también a su apellido, y se garantizaba la inmortalidad literaria al precio del ridículo: la única obra de referencia en la que se le menciona es el libro de Page In search of the world’s worst writers: A celebration of triumphantly bad literature [En busca de los peores escritores del mundo: Una celebración de una literatura triunfalmente mala] (Londres, HarperCollins, 2000).

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En Los orígenes trágicos de la erudición. Breve tratado sobre la nota al pie de página (México, fce, 2015), Anthony Grafton comienza atribuyendo la introducción de esta a Leopold von Ranke, el padre de la historiografía científica, para a continuación desdecirse: no habría sido Ranke sino el extraordinario Edward Gibbon (a sugerencia del filósofo David Hume, por cierto) el introductor de la misma, sostiene el autor. Más tarde, casi inmediatamente, Grafton se desdice, y atribuye sucesivamente ese papel a Ulrich von Wilamowitz-Möllendorff, Jacob Bernays, Richard White de Basingstoke (el primer tomo de cuya historia británica se compone de diecinueve páginas de texto y 97 de notas, en este caso finales), el jesuita alemán Athanasius Kircher, Justus Möser y otros, como si la historia de la nota a pie de página solo pudiese ser narrada como una sucesión de notas a pie de página a notas a pie de página en la que la aspiración a encontrar un origen a la práctica de realizar observaciones a un texto en su margen inferior tropezase con la imposibilidad de remontarse a ese origen, a ese momento en que comenzaron a utilizarse las notas a pie de página, pese a lo cual la tradición atribuye su invención a san Beda, también conocido como “Beda, el Venerable”, el monje benedictino del siglo viii (autor, entre otras obras, de una historia eclesiástica de los anglosajones) al que debemos también la popularización de la práctica de dividir las épocas en antes y después de Cristo.

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Natural, inevitablemente, las notas a pie de página de las notas a pie de página acerca del origen de esta práctica no terminan aquí: en su excepcional The devil’s details: A history of footnotes [Los detalles del diablo. Una historia de las notas a pie de página] (Nueva York, Touchstone, 2002), Chuck Zerby atribuye su invención al impresor londinense Richard Jugge, fallecido en 1577.

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Quizás Zerby esté en lo cierto, y en realidad Beda no haya inventado la nota a pie de página, pero esa atribución pone acertadamente de manifiesto el origen de la misma en la escolástica y en las prácticas de los monjes escribas del medievo, herederos a su vez de la filología alejandrina y sus exégesis marginales bajo el epígrafe de notae; la atribución soslaya, por otra parte, que el uso de la nota a pie de página y su estandarización solo tendrían lugar varios siglos después, cuando la acumulación de fuentes históricas y la disputa por su interpretación obligaron a los historiadores a resolver la cuestión metodológica de cómo dar cuenta de sus fuentes sin interrumpir, o interrumpiendo de la forma menos intrusiva posible, su relato. Según Grafton, esto se produjo “alrededor del 1700 o inmediatamente antes”, por ejemplo entre 1695 y 1702, cuando Pierre Bayle publicó su seminal Diccionario histórico y crítico, en el que unas entradas breves y necesariamente asertivas dejaban paso a notas a pie de página extensas y a menudo contradictorias respecto a la entrada que anotaban, y que hacían visibles, por primera vez en el discurso histórico, las contradicciones y omisiones con las que lidia el historiador, ofreciendo a este (de paso), si no la posibilidad de sortear la censura, sí al menos la de que los censores no reparasen en el contenido de esas notas impresas en un tamaño menor y, por lo tanto, supuestamente menos relevantes.

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“Tener que leer notas a pie de página se parece a tener que bajar las escaleras para responder a la puerta mientras se está haciendo el amor”, se quejó Noël Coward.

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En Narcissistic narrative: The metafictional paradox [Narrativa narcisista: La paradoja metaficcional] (Nueva York, Methuen, 1984), Linda Hutcheon acierta al identificar el Quijote como la primera novela “autorreflexiva” de la tradición occidental; unas décadas más tarde, y a modo de constatación tácita del hecho de que las innovaciones literarias se producen primero en el ámbito de la ficción y solo más tarde se extienden a los textos de otras índoles, Bayle producía, al intentar probar con las largas notas a pie de página de su Diccionario histórico y crítico el origen y la validez de sus tesis, una de las primeras obras auténticamente narcisistas de nuestra historia literaria: en ella, el autor se inclinaba sobre su texto en procura de resolver lo que Grafton denomina “el problema de la autoridad al escribir sobre el pasado”, un problema especialmente relevante en un siglo, el XVII, que había visto, en sus palabras, “la autoridad científica de los antiguos desacreditada por Bacon, Descartes, Boyle y Pascal; la autoridad política de los reyes cuestionada por los partidarios franceses de la Fronda y los puritanos ingleses; y la autoridad histórica de la Biblia disputada por La Peyrère y Spinoza”.

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La nota a pie de página instauraba en ese contexto un cierto tipo de autoridad producto de la exhibición de sus fuentes por parte del historiador, pero también, y al mismo tiempo, minaba esa autoridad permitiendo al lector realizar su propio recorrido por las mismas y llegar a conclusiones distintas a las exhibidas. El potencial subversivo, ambiguo o desestabilizador de las relaciones entre autor y lector (así como de la intencionalidad del autor y la unidad del texto), de la nota a pie de página fue percibido de forma casi inmediata, y no solo en el ámbito histórico. Jean Le Clerc, uno de los rivales de Bayle, propuso en su Parrhasiana (1699) una poética de la nota a pie de página que sugería que, bajo ciertas circunstancias, esta debía ser dejada de lado en beneficio del lector; pero fueron autores como Jonathan Swift, Laurence Sterne, Alexander Pope, Jakob Friedrich Lamprecht y Jean Paul Richter los primeros en utilizar la nota a pie de página con fines satíricos, ya fuese para ridiculizar su uso excesivo en la literatura de su época (véase la Dunciada de Pope), para investir su relato de una naturaleza pretenciosamente académica (El cuento de una barrica de Swift) o para, como sostiene Deborah Baker Wyrick en Jonathan Swift and the vested word [J. S. y la palabra investida] (Chapel Hill, University of North Carolina Press, 1988), para aumentar su control sobre los efectos de su narrativa arrogándose las funciones de autor y editor (ficticio) de la obra, como en Tristram Shandy y otros.

Fuente: http://www.letraslibres.com/

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