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jueves, 5 de mayo de 2016

Gloria y decadencia de los monumentos de la modernidad

El 16 de marzo de 1972, a las 3 de la tarde, el Gobierno federal de Estados Unidos demolía, menos de dos décadas después de su construcción, el primero de los 33 gigantescos edificios que conformabanPruitt-Igoe, uno de los proyectos urbanísticos más ambiciosos de la posguerra en ese país, desarrollado entre 1954 y 1955 en la ciudad de San Luis (Misuri) por el arquitecto Minoru Yamasaki. Se degradó muy rápidamente. Supuso un sonado fracaso de la arquitectura moderna. De hecho, constituye un símbolo del fin de la modernidad. El destino quiso que, años después, en 2001, la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, del mismo arquitecto, tras el mayor y más mediático atentado terrorista conocido, supusiera otro giro radical en la Historia contemporánea.

Esta historia ha servido al artista mexicano Damián Ortega (Ciudad de México, 1967), que vive y trabaja entre Ciudad de México y Berlín, como punto de partida de la primera de las tres instalaciones que ha realizado ex profeso en el Palacio de Cristal, una de las dos sedes del Museo Reina Sofía en el Retiro madrileño y que pueden visitarse hasta el 2 de octubre. Bajo el título «Los pensamientos de Yamasaki», esta instalación combina textos de Gilles Lipovetsky y objetos que parecen sacados de cualquier mercadillo de pulgas (fragmentos arqueológicos como maletas, televisiones, radios, cámaras de fotos), que el espectador contempla a través de unas láminas transparentes de color amarillo. Un juego de transparencias en diálogo con la arquitectura transparente del Palacio de Cristal.

Promesas incumplidas

Pero las otras dos instalaciones de Damián Ortega son aún más espectaculares. En el centro del Palacio, una versión de la Torre Latinoamericana, una de las más altas de México (181.33 metros), que guarda gran semejanza con el Empire State Building neoyorquino. Ese rascacielos, situado en el centro histórico de Ciudad de México y construido entre 1949 y 1956 por Augusto H. Álvarez, se halla aquí colgado del techo del Palacio por un cable de acero, invertido y metamorfoseado en un péndulo que da vueltas, al tiempo que vierte sobre el suelo arena, formando dibujos en el espacio.
La última instalación, «Monumento», recrea el momento en el que comienza a hundirse el«Titanic» en una gigantesca escultura de lona de trece metros de longitud, suspendida del techo a través de unos cables. Una joya de la ingeniería moderna que también cae derribada. Según Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía, Damián Ortega aborda en estas tres instalaciones derrotas, promesas incumplidas, a través de elementos clave en su trabajo, como el humor y la ironía. Como explica João Fernandes, subdirector del Reina Sofía y comisario de la exposición, la exageración de los detalles le viene a este artista de sus comienzos profesionales como caricaturista.
El título de la exposición, «El cohete y el abismo», la primera de Damián Ortega en España, rememora un poema de Vicente Huidobro, «Altazor o el viaje en paracaídas», de 1919. El hilo conductor de la muestra es, precisamente, el ángel caído, la ascensión y la caída, la gloria y la decadencia de los monumentos modernos de la arquitectura y la ingeniería. El artista mexicano caricaturiza la idea de monumento, poniendo en evidencia una contradicción entre la ambición de estos proyectos y la decadencia social.

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