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miércoles, 27 de abril de 2016

La apuesta es gestionar más que cambiar/ (No son Liberales) por @RCachanosky

Por la distorsión de precios relativos, cepo cambiario, nivel de gasto público, presión impositiva, situación patrimonial del BCRA, pobreza, indigencia y demás variables económicas, claramente el PRO ha recibido una de las herencias económicas más difíciles que le tocó enfrentar a un gobierno en la historia económica de los últimos 80 años o tal vez más. Es muy difícil encontrar un gobierno que le haya entregado a otro una situación con tal grado de deterioro económico, social e incluso de valores. Es decir, de los valores que imperan en la sociedad.
 +Roberto Cachanosky 

Es indudable que semejante herencia no puede modificarse de un día para otro. Los cambios en los países llevan tiempo y particularmente cuando se trata de cambiar toda una cultura de la dádiva, estatismo e intervencionismo. Lleva generaciones llegar a buen puerto.

El PRO ha dejado bien en claro que para enfrentar esta herencia no tiene en mente aplicar medidas liberales. Lo ha manifestado el jefe de gabinete, Marcos Peña y Federico Pinedo , quien en algún programa de televisión dijo, casi textualmente, que el PRO no iba a aplicar medidas neoliberales ni locuras de ese tipo.

Macri ha definido a su gobierno como un gobierno desarrollista y por muchas de las medidas que va tomando, podríamos decir que es un partido socialdemócrata, en el que se respetan ciertas reglas del mercado pero la presencia del Estado es constante. Digamos que el intervencionismo en la economía, el estatismo (el PRO ha dicho que no piensa privatizar nada de lo estatizado por el kirchnerismo) y las políticas distributivas del ingreso son el eje de su administración.

De lo anterior se desprende que más que cambios profundos en la política económica, la propuesta del PRO pasaría por administrar bien lo que antes administraba mal el kirchernismo. Por citar solo algunos ejemplos, podemos nombrar Fútbol Para Todos , YPF o el sistema jubilatorio. No está en los proyectos del PRO privatizarlos, sino apostar a un cambio de personas que administren diferente a la forma en que administraba el kirchnerismo. El diagnóstico sería que la Argentina no necesita tanto un cambio de política económica sino de personas. Digamos que con no hacer las barbaridades económicas que hacían Moreno y Kicillof y saber gestionar, la economía debería recuperarse.

De lo anterior se desprende que no deberían esperarse grandes cambios en la política impositiva, en el aparato estatal e incluso en la integración económica argentina al mundo. En varias oportunidades se ha insistido en políticas que tienden más al proteccionismo dejando un mercado cautivo para los productores locales con muy bajos niveles de competencia externa que limitan las inversiones. Para abastecer solo el mercado interno no hacen falta grandes inversiones, en particular con un 30% de pobres como dejó el kirchnerismo.

Más que esperar cambios estructurales, todo parece indicar que el Gobierno apunta a gestionar lo heredado. Podríamos decir que más que un problema de políticas públicas, tendríamos, en el diagnóstico del Gobierno, un problema de personas.

Con gente decente y capacitada que no cometa las locuras que cometió el kirchnerismo y habiendo arreglado con los holdouts la confianza renacería y las inversiones fluirían hacia la Argentina creando los puestos de trabajo necesarios para bajar la desocupación y la pobreza.

Aplicando políticas de redistribución del ingreso y aumentando el gasto en obras públicas financiado con deuda externa, la economía se pondría en movimiento a la espera de la llegada de nuevos capitales por la confianza generada.

Pero aquí la confianza no surgiría de un cambio profundo en las políticas públicas aplicadas durante décadas, sino que la confianza estaría centrada solo en las personas que asegurarían no cometer locuras como las vividas durante el kirchnerismo. No es un tema menor este de las personas, porque si este es el diagnóstico del Gobierno, entonces nuestra decadencia de décadas no sería consecuencia de las políticas populistas aplicadas sino de gente que no tuvo capacidad para administrar la cosa pública.

La apuesta del Gobierno está en transitar un camino que más que gradualista es un camino socialdemócrata, en el que los funcionarios públicos mantienen el control de la economía vía el intervencionismo, el estatismo y las políticas distributivas. Es decir, no es tanto la apuesta a un cambio gradual de modelo económico sino a ser más eficientes en la gestión de la socialdemocracia.

Si uno observa los discursos, el Gobierno no ha formulado ningún plan económico global concreto. Ni siquiera ha explicado su política anti-inflacionaria, lo cual parece confirmar que hay mucha apuesta a las personas y no tanto al enunciado de las reglas de juego y del plan a seguir.

El tiempo dirá si esta apuesta de transitar el mismo camino de décadas de intervención del Estado logra revertir nuestra larga decadencia gracias a la gestión de personas más preparadas.

De lograrse el éxito en la apuesta económica, las instituciones dejarían de tener relevancia y las personas serían la clave del crecimiento de los países, algo que, por cierto, no se verifica en toda la literatura que hay sobre la economía y las instituciones y los casos concretos de países que lograron el desarrollo económico.

Todos los casos de éxito económico que se conocen se basan en la calidad institucional de los países. Apostar solo a la gestión de personas honestas y preparadas en vez de a un nuevo modelo económico luce un tanto audaz. Demasiado audaz considerando la inédita destrucción económica que dejó el kirchnerismo.

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