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miércoles, 6 de abril de 2016

Influencia de la Biblia en la literatura española

El monumental proyecto de estudiar el influjo de la «Biblia» en la literatura española e hispanoamericana ofrece una enciclopedia rebosante de amplitud y erudición...


Los cinco volúmenes dedicados al estudio de la Biblia en la literatura española (uno de ellos, el V, a su presencia en la literatura hispanoamericana) dirigidos por Gregorio del Olmo Lete, es una obra monumental por su amplitud y erudición. Su complejidad temática, la atención a numerosos autores, incluida la influencia en la cultura sefardí, los aspectos teológicos, literarios e históricos, hacen que esta suerte de enciclopedia, llevada a cabo por una nómina muy amplia de colaboradores, sea difícil de comentar en pocas líneas. El estudioso canadiense Northrop Frye, que sumaba a su inteligencia y erudición una notable soberbia, ya indicó en su «Poderosas palabras» que al «estar escrita en lenguaje poético, también debería ser posible aproximarse a la "Biblia" como si se tratara de una suerte de microcosmos o epítome de la unidad de la experiencia literaria en los países occidentales». Ciertamente, no todo en la «Biblia» es lenguaje poético, ni siquiera de manera estructural, pero sin duda puede entenderse en su sentido más profundo como surtidor imaginativo, capaz de suscitar elementos creativos susceptibles de adoptar formas diferentes.
La obra está concebida de manera histórica. No es un diccionario (como el de D. L. Jeffrey en relación al mismo tema en la lengua inglesa), sino una visión diacrónica que analiza «el influjo que la temática bíblica ha ejercido en los autores en sus diferentes épocas». Por lo que he podido ver, hay periodos y autores muy bien estudiados, y otros en los que se ignoran problemáticas filosóficas y religiosas, incuso aspectos de interpretación textual de importancia radical; pero aunque señalo esto, creo que el conjunto es de un rigor admirable y sin duda se convertirá en una obra de consulta para todos los que no sólo se interesan por los contenidos religiosos, o inspirados de manera directa o indirecta en la religión judeo-cristiana, sino por la literatura como tal. Pero ¿qué es la «Biblia»? En primer lugar un conjunto de libros que recogen diversas tradiciones orales, cuya textualización crítica se produce, como indica Olmo Lete en su erudita introducción, «como instrumento de control y configuración de la conciencia religiosa». Los libros contenidos en las dos biblias (judía y católica) es el producto de una canonización (Sínodo de Yavne y concilio de Calcedonia) que supone dejar fuera tradiciones orales y textos muy variados en géneros y aspectos históricos y religiosos, algunos de los cuales se conocen, tanto en la vertiente judía como en la cristiana, como apócrifos.
La obra está concebida de manera histórica, brindando una visión diacrónica
No podemos desmentir a Frye ni a Olmo Lete: la «Biblia» ha influido e influye en todo el imaginario occidental, y no sólo en lo literario sino en la pintura, la música, en los aspectos ideológicos y, derivados de la teología, formales, del pensamiento. Daniel Attala y Geneviève Fabry lo dicen con exactitud en su introducción al volumen hispanoamericano: «No se trata de ver en la literatura un “lugar teológico”, ya que ni siquiera la "Biblia" se reduce, ni mucho menos, a ser una teología. Por "Biblia" entendemos aquí esa polifacética biblioteca en la que muchísimos otros temas humanos, y no solamente teológicos, encuentra un lugar».

Carácter simbólico

Es obvio que el entendimiento, profundizado por Frye, pero con antecedentes en el romanticismo alemán, y sobre todo el siglo XX en Auerbach y Curtius, de la «Biblia» considerada por derecho propio como obra literaria, ha levantado ampollas en muchos teólogos cristianos que, sin poder ignorar los aspectos históricos, morales y claramente poéticos (como el «Cantar de los cantares») entienden que el valor mayor reside en la «revelación» de la palabra divina. Olmo Lete afirma que «una lectura estrictamente “laica” de la "Biblia", que prescinda de la perspectiva religiosa, sin que por ello tenga que asumirla personalmente, se arriesga a sesgar y capitidisminuir la comprensión adecuada de la misma y de su carácter esencialmente simbólico, como discurso religioso». En este sentido observo una pequeña diferencia entre la orientación de los cuatro volúmenes dedicados a la literatura española, respecto al de la hispanoamericana, quizás más abierto a los sincretismos, que a su vez habla de un substrato común poético. Desde una perspectiva histórica, Olmo Lete tiene razón: entender la «Biblia» como revelación de un Dios creador es imprescindible. Es una obra, en su diversidad a veces contradictoria y difícil de entender como unidad, religiosa. Ahora bien, no creo que la religiosidad (o religión) a la que hace alusión un texto de esta índole sea un valor mayor que su fuerza simbólico-poética, en el caso de que lo tenga. De hecho, numerosos textos religiosos son difíciles de asumir en sus contenidos pragmáticos o metafísicos por un lector actual no creyente, y sin embargo su fuerza germinativa en nosotros puede ser continua, irreductible. Homero y Dante siguen (y podemos afirmar que por muchos siglos) alimentando nuestra imaginación, asistiendo a nuestras preguntas y, sobre todo, a nuestra necesidad de ritualización poética de ciertos temas que son esenciales a nuestra condición.

Gran Código

Lo mismo ocurre con textos sumerios o de diversas tradiciones arcaicas, que suponen una religión y, sin embargo, perduran en nosotros por un valor mayor, que no necesita credo trascendente: la poesía. Sin duda, Novalis, André Breton y Octavio Paz no dirían otra cosa, y en ellos me apoyo.
La mayor riqueza la alcanza en el barroco, por sus cambios de paradigmas intelectuales
El análisis de la complejidad estructural de la «Biblia» que lleva a cabo Gregorio del Olmo Lete nos ayuda a entender las diversas lecturas que las tradiciones literarias han hecho de este «Gran Código», como lo llamó el poeta William Blake. La «Biblia» no sólo está hecha por la historia sino que tiene una historia en cuanto a nuestra aproximación al texto. La «Biblia» hebrea tiene una estructura tripartita, marcada por la voz de Dios: Ley, los Profetas y los Escritos (la palabra divina reformulada por los exégetas). En la cristiana, también hay una estructura tripartita: Dios sólo habla una vez, y supone la presencia del Mesías, la palabra de Dios encarnada. Así pues se recogen las palabras del Maestro; seguida por los «Hechos» de la comunidad cristiana, y, por último, Las «Cartas de los Apóstoles» y el «Apocalipsis». Esta simplificación supone aspectos que la lectura de los cinco volúmenes realizan en su complejidad, tanto religiosa como literaria. Las primeras lecturas de los textos bíblicos fueron eclesiales, litúrgicos, y posteriormente como estudio teológico, en el medievo, de un sistema de fe y moral. Quizás la mayor riqueza conflictiva la alcanza, en nuestra literatura, tanto en España como en América, en el Barroco, donde los cambios de paradigmas intelectuales y literarios suponen preguntas estéticas, teológicas y filosóficas distintas. La tensión y reacción que supuso la Reforma para la mentalidad política y eclesiástica española no es ajena a estos cambios. Por otro lado, en Hispanoamérica, el sincretismo con las religiones prehispánicas, sobre todo en Mesoamérica, y muy especialmente en México, como muy bien estudió Lafaye, dotó al teatro y la poesía (piénsese en sor Juana Inés de la Cruz) de elementos novedosos.
Por ultimo, quiero señalar que echo de menos que en la introducción de Olmo Lete no se estudie ni se mencione, así sea porque está imbricada a partir de cierto momento con la tradición cristiana, el mundo griego y latino, me refiero a lo que se denomina paganismo desde la tradición cristiana. ¿Se puede entender la lectura de la Biblia por las literaturas renacentista, barroca, neoclásica y romántica sin el corpus de mitos grecolatino? No digo que se estudiara también en estas casi dos mil páginas, sino que al menos debería haberse mencionado, tanto en su negación histórica por parte de los poderes eclesiásticos como por su resurrección en el imaginario, que perdura, como muy bien ha estudiado entre nosotros Carlos García Gual, hasta nuestros días.

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