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martes, 19 de mayo de 2015

Cómo transformar la banca para los pobres...


Morduch habló recientemente con The Wall Street Journal sobre las limitaciones de las microfinanzas, la promesa de las nuevas tecnologías y la necesidad no sólo de una buena relación costo-eficacia sino de la calidad de los servicios financieros para los grupos de bajos ingresos. Estos son algunos extractos editados de nuestro diálogo:

Las microfinanzas fueron consideradas en un momento un arma clave en la lucha contra la pobreza. Sin embargo, alrededor de 2.500 millones de pobres en todo el mundo todavía no tienen acceso a servicios financieros básicos, según el Banco Mundial. El economista y autor Jonathan Morduch ha estado pensando a fondo sobre este problema durante casi tres décadas. Profesor de política pública y economía de la Universidad de Nueva York y director ejecutivo de Financial Access Initiative, es coautor de dos libros:Las finanzas de los pobres: cómo viven los pobres con 2 dólares al día y Economía de las microfinanzas.
WSJ: Hace una década había grandes esperanzas cifradas en las microfinanzas. ¿Cuál es su opinión al respecto?
M: En muchos sentidos, las microfinanzas han sido un éxito fenomenal. En 1997, el primer recuento global de clientes de microfinanzas arrojó 13 millones de prestatarios. Veinte años después, la cifra era 200 millones. Suponiendo que cada deudor sea parte de una familia de cinco, eso significa que hay unos 1.000 millones de personas afectadas por las microfinanzas. El crecimiento ha sido espectacular.
WSJ: ¿Por qué esta ofensiva no resolvió los problemas de exclusión financiera y pobreza generalizada?
M: El principal obstáculo para un mayor crecimiento es que las microfinanzas están atrapadas en una concepción que limita los préstamos a la financiación de pequeños empresarios. Esta es la trampa en la que están metidos la mayoría de los microprestamistas.
La mitad de los adultos del mundo—cerca de 2.500 millones de personas—no tienen servicios bancarios básicos. Y la mayoría de estos 2.500 millones no son los pequeños empresarios; son trabajadores de la construcción, empleados de tiendas, conductores, niñeras, trabajadores de fábricas y otros tipos de asalariados. Muchos viven en las ciudades. Tienen el ingreso necesario como para ser clientes confiables y quieren préstamos para administrar sus gastos, pero el sector de las microfinanzas tiene muy poco que ofrecerles. Otra parte de los 2.500 millones son agricultores, una población que las microfinancieras han evitado, en gran parte por temor a los riesgos de la agricultura.
Cuando se trata de reducir la pobreza, la evidencia muestra que el acceso a la financiación por sí sola es insuficiente. Hay mucho que aprender de las microfinanzas, pero hay que ir más allá de las estrategias que impulsaron su éxito.
WSJ: ¿Qué tecnologías considera como la más prometedoras y por qué?
M: Las tecnologías están cambiando el panorama de muchas maneras. La primera es una mejora radical en las tecnologías de pago digital. Esta es la columna vertebral sobre la que se pueden desarrollar los servicios bancarios. En EE.UU. y Europa no imaginamos cómo sería la vida sin tarjetas de crédito y otros servicios similares. Pero en el mundo en desarrollo, los nuevos sistemas de pago están transformando las prácticas tradicionales. Por ejemplo, permiten que los subsidios gubernamentales lleguen directamente a sus destinatarios, cortando de forma espectacular la corrupción y los “goteos” de dinero en el camino. En Kenia, la digitalización ayuda a las familias separadas por la distancia a enviarse dinero. Facilitar el traslado de dinero es el paso fundamental.
En segundo lugar, las tecnologías están haciendo más fácil ubicar a las personas y determinar su identidad. En India, el documento nacional de identidad permite proporcionar servicios bancarios a millones de familias pobres.
La tercera tecnología es la banca móvil. El caso más exitoso hasta ahora ha sido el crecimiento de M-Pesa en Kenia, que tiene más de 12 millones de clientes. Esta es una tasa de penetración enorme, dada la población del país [44,35 millones en 2013]. Las próximas innovaciones harán realidad casos más exitosos. El grupo GSMA cuenta con 255 servicios de dinero móvil en 89 países. En aproximadamente la mitad de esos países, la regulación permite que tanto bancos como entidades no bancarias puedan proporcionar servicios de dinero móvil. El último recuento arrojó casi 300 millones de clientes registrados en cuentas de dinero móvil en 2014, y esto sigue siendo una pequeña parte del mercado potencial.
WSJ: ¿Cuál es la tecnología con mayores repercusiones?
M: Es la posibilidad de aplicar la analítica de datos a los millones de registros de transacciones de banca móvil para construir perfiles más precisos de los clientes y mejorar las evaluaciones de riesgo. Pero yo soy más cauteloso que la mayoría de mis colegas sobre esto. La experiencia demuestra que los modelos de analítica de datos pueden terminar incluyendo nuevos clientes y descartar otros demasiado rápido.
WSJ: ¿Hay otras posibilidades que no hayan sido probadas? ¿O alguna iniciativa que no esté recibiendo la atención que merece?
M: El movimiento de las microfinanzas comenzó como una manera de distanciarse del modelo de las sucursales bancarias tradicionales. La estrategia redujo los costos de manera espectacular y fue un triunfo. Pero hemos llegado a un punto en que necesitamos volver a la idea de las sucursales bancarias, aunque bajo una nueva óptica. El caso de KGFS en Tamil Nadu, India, es una muestra lo que nos depara el futuro. Ellos establecieron sucursales provistas de nuevas tecnologías para atender a clientes de bajos recursos y ofrecieron no productos básicos, sino un amplio conjunto de ofertas financieras. KGFS demostró que es un error pensar que la opción más barata será siempre la más popular. Los no bancarizados del mundo también buscan calidad.
De la misma manera, la protección del consumidor en el sector de microfinanzas sigue siendo una prioridad. “The Smart Campaign”, una iniciativa global de entidades de microfinanzas, ha demostrado cómo solucionar conflictos y mejorar la transparencia de precios y políticas. Hasta ahora, la estrategia consiste en la autorregulación, pero no podemos quedarnos allí. En EE.UU. hemos visto que para crear un mercado maduro, se necesita una regulación respaldada por el gobierno.

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