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domingo, 30 de enero de 2011

Como se vive hoy en el campo argentino

...Y nos fuimos al campo
Los Sánchez Granel se mudaron de San Isidro al sur de Santa Fe en 2003. Él es ingeniero agrónomo. Foto  / Daniel PessahVer más fotos
En el momento de decidir cómo y dónde criar a sus cuatro hijos, y de desarrollarse profesionalmente, el ingeniero agrónomo Santiago Rocca no lo pensó dos veces: el futuro estaba en el campo. Tomó la decisión de partir hacia el interior, dejar de lado el ajetreado ritmo de la Capital y "ganar el claro como ternero que ve el alambre caído". Se trasladó buscando "un estilo de vida diferente, que sólo se pude imaginar en el interior", dice este ingeniero agrónomo, de 37 años, gerente comercial de Tomás Hermanos & Cía SA. Vive en Pehuajó, feliz de integrar una comunidad "donde cada individuo es conocido por su nombre y apellido. Todo es mucho más agradable. En la cola del supermercado te encontrás con que conocés al de adelante, al de atrás y al que te atiende", ilustra.
Es uno de los tantos jóvenes profesionales nacidos y criados en la Capital Federal, o en el Gran Buenos Aires, que en la última década se han radicado tierra adentro, cambiando portero eléctrico por tranquera y traje por bombacha y alpargatas. Pisar suelo ajeno los enfrenta con una realidad extremadamente diferente: deben insertarse en nuevas comunidades, adaptarse al entorno y al ritmo propio del lugar y construir puentes de comunicación que les permitan desarrollarse a gusto en sus nuevos destinos. El resultado es un ensamble entre la cultura local y la urbana, un cruce de valores, costumbres e idiosincrasias que, en la mayoría de los casos, produce un saldo positivo para todos: "Es un verdadero círculo virtuoso; llevan su espíritu emprendedor y contagian a la sociedad local", describe el responsable de las búsquedas laborales del portal Agrositio, Federico Pike.
En los últimos diez años la producción de cereales y oleaginosas se duplicó, y potenció las inversiones en puertos, industrias aceiteras y plantas de acopio, empresas de agroquímicos, maquinaria agrícola, semillas y fertilizantes, corredores viales y ferroviarios. "Mientras que en 2000 la cosecha de los principales granos (trigo, maíz, soja y girasol) valía -a precio internacional- menos de 8 mil millones de dólares, en 2008 trepó a más de 33 mil millones", explica el jefe del Centro de Estudios Económicos de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, Ramiro Costa.
Según datos de Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola (CREA), la producción de granos aumentó 130% en los últimos quince años: de los 38 millones de toneladas cosechadas en 1995 se alcanzaron las 88 millones en la última campaña. "La superficie sembrada también se incrementó un 48%, pero a menor ritmo que la producción, lo que refleja mejoras en los rendimientos por hectárea gracias a las nuevas tecnologías", explica el líder del proyecto Enfoques Económicos del Movimiento CREA, Juan Andrés Del Río.
La magnitud de las inversiones y la sofisticación de la actividad agropecuaria requirieron, en la última década, de una mano de obra altamente calificada, lo que explica en gran parte esta migración de profesionales hacia el interior, donde surgieron las ofertas laborales.
La nueva generación de técnicos agropecuarios estudia y recorre hectáreas de campo con menos alambres y tranqueras que antaño, y con más sensores, monitores y archivos digitales.
Uno de ellos es Santiago Liébana, licenciado en Agronomía egresado de la Universidad de Buenos Aires (UBA), que a los 24 años fue nombrado gerente de Tecnología en la empresa Espartina, en el partido de Daireaux. Para Liébana, nacido y criado en Barrio Norte, el traslado hacia esa ciudad de menos de 13.000 habitantes y a 400 kilómetros de Buenos Aires, fue un cambio natural. "Acá, los profesionales no trabajan menos que en la ciudad, como usualmente se piensa. Están todo el día haciendo negocios por teléfono, y nadie duerme la siesta", destaca el agrónomo, de 30 años, casado con una porteña. Todos las mañanas, Liébana recorre 35 kilómetros para llegar al establecimiento Los Alamos, donde se encuentra Espartina, que administra 30 mil hectáreas en la Argentina -con campos en la provincia de Buenos Aires, el sur de Córdoba y el este de La Pampa- y en Uruguay. Una vez allí, brinda apoyo tecnológico y, desde su computadora, baja imágenes satelitales y diseña esquemas productivos. Forma parte de la nueva generación de técnicos agropecuarios que nombran el GPS como herramienta elemental para su faena y son capaces de ejecutar las técnicas más modernas para la producción de agroalimentos.

Otros códigos

Según la directora de la consultora Agrostaff, María Rodríguez Otaño: "El tema del traslado está a la orden del día. Los graduados en carreras afines al campo hoy encuentran trabajo. Antes tenían que pagar el famoso derecho de piso; ahora no. Los buscamos y se colocan al instante", asegura.
Para que el cambio no sea traumático se realizan estudios psicológicos a los aspirantes y a su grupo familiar. "Hay que analizar si podrán adaptarse al entorno; si van a resistir", dice. Y aclara que además se evalúan distintos ejes: el acceso a la educación, la salud y el confort en el nuevo lugar. Cuando a Miguel Oromí de Escalada, un ingeniero agrónomo de 33 años, le ofrecieron el puesto en el acopio Lartirigoyen, respondió con "un sí inmediato".
Sabía que debía trasladarse hacia Catriló, un pueblo pampeano ubicado a 600 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. "Fueron muy bravos los primeros meses; es un pueblo muy chico, de 6000 habitantes, donde hay pocas opciones gastronómicas", dice Oromí, que nació y vivió en Recoleta.
Lo cuenta con las manos apretando el volante de la camioneta que maneja por la ruta 188, hacia su actual base General Villegas. A su lado, Josefina Anderson, su mujer desde hace dos años, aporta más anécdotas sobre el traslado "Ha transformado nuestras vidas". Ella se define como "la típica chica de Palermo", que trabajaba en pleno centro. Hoy, se desempeña como responsable de una consultora de Recursos Humanos de la zona.
"Al segundo día ya tenía trabajo", expresa, quien hace un año no se hubiera imaginado una vida lejos de las bocinas de la ciudad. "Antes, los miércoles me juntaba con mis amigos en una pizzería del Centro; ahora, me reúno en el Club Atlético de Villegas", dice Miguel, que se considera "una persona representativa en el pueblo".
En la última década, sólo en la industria aceitera local "se invirtieron más de 3 mil millones de dólares", aporta López. "A su vez, en el pasado lustro, 500 millones adicionales fueron dedicados a la producción de biodiésel, y se transformaron en nuevos puertos, plantas de almacenamiento y en el aumento de la capacidad de molienda", calcula Costa, desde su oficina en la Bolsa de Cereales porteña. "Es una industria aceitera con una capacidad de procesamiento para 50 millones de toneladas; está por encima de la norteamericana. Las nuestras son menos y más grandes", compara Gustavo López, analista de la consultora Agritrend.
Para López, que además trabaja para la Fundación Producir Conservando: "Es necesario comprender el proceso actual de agriculturización en el marco de la cadena agroindustrial, que directa o indirectamente genera nuevos empleos. Actualmente, hay una mayor demanda de mano de obra calificada. Quien cosecha soja ahora tiene un tractor más grande, más sofisticado, lo hace por GPS, sabe hasta dónde tiene que llegar y el tipo de insumo que debe utilizar. Algunos se van al exterior para capacitarse sobre cómo manejar estas cosechadoras, que cuestan hasta 400 mil dólares".
Según los responsables de concretar los traslados de los jóvenes hacia el interior, lo que ha sucedido es una naturalización de lo que antes se vivía como un cambio violento y traumático. "Es moneda corriente; no lo viven de manera traumática. Lo toman con mayor naturalidad", observa Rodríguez Otaño. Esto se verifica en que se han ampliado las posibilidades hacia destinos tan remotos como Santiago del Estero y el Chaco. "Antes no llegaban hasta allí", advierte.
Federico Pike elabora una génesis del fenómeno: "En los años 70 se inició una oleada muy importante de gente joven de Buenos Aires que se instalaba en el interior". Luego, esta migración aminoró su intensidad hasta estos últimos años, en los que se ha potenciado el traslado. "Es impresionante la cantidad de casos de jóvenes instalados no sólo en la pampa húmeda, también en Salta, Tucumán, hasta en Santiago del Estero", destaca.
"En la etapa inicial, los jóvenes profesionales se animan a la mudanza con espíritu de aventura. El problema puede surgir cuando la mujer -si son casados- es una porteña que vive en Santa Fe y Callao, porque a ella puede costarle más el cambio. De todos modos, antes de postularse para el traslado, el 80% ya ha consultado con su pareja", sostiene Pike.
En 2008, con la crisis del campo, el fenómeno migratorio se estancó durante algunos meses. Sin embargo, en el último tiempo resurgieron las ofertas laborales.María Olmos, ingeniera agrónoma de 28 años nacida en la Capital, se paró a la vera de la ruta en aquellos días de tensión y apoyó una de las primeras protestas rurales en Tres Arroyos, donde vivía entonces. Apenas unos meses más tarde, se casó y regresó a Buenos Aires para instalarse. Pero el cambio no fue positivo: "Me harté de la ciudad; el costo de vida era muy alto y para ir de un lugar a otro perdía demasiado tiempo", insiste.
Una de sus primeras inversiones de recién casada fue comprar un terreno en Pehuajó, donde sí se imaginaba comandando una familia. "Teníamos que invertir en algo para el día de mañana. La duda fue tremenda porque era un momento complicado. Nos decidimos por el terreno en Pehuajó", recuerda María.
Así fue como luego de finalizar su licenciatura en Gestión Agroalimentaria se despidió del Obelisco y se reencontró con el verde y el puro aire de campo. Fue a principios de este año cuando tomó la decisión de partir hacia Pehuajó, junto con su flamante marido, Joaquín Oliverio, que maneja campos en distintas zonas de la Argentina. Ahora, ella está pendiente de la siembra, la cosecha o el barbecho, y trabaja en el área comercial del acopio Tomás SA. Defiende su apuesta: "El interior está creciendo; antes se iban todos para la Capital; ahora muchos vienen hasta acá".

Intercambios

En Trenque Lauquen, Luciano La Piettra asegura que recibió una instantánea bienvenida por parte de los locales. A los 27 años, con sus estudios de Ingeniería Agronómica cursados en la UBA, se mudó a esta ciudad para desarrollarse como comercial de ventas de agroinsumos (fertilizantes, plaguicidas y semillas). La Piettra, que nació y se crió en Ciudad Evita, aclara: "Me aceptaron de entrada. La clave es no salir con cosas raras. Primero hay que adaptarse y, después, ir empujando ciertos cambios. La confianza es muy importante. Tienen que confiar en vos para escuchar lo que decís, lo que proponés", aclara.
Según la consultora en Recursos Humanos Marina Eguren, que opera en el extremo noroeste de la provincia de Buenos Aires, lo interesante de este fenómeno es lo que significa culturalmente para los jóvenes y la comunidad local. "A veces es difícil el encuentro. Unos vienen de lugares urbanos, con mayores distancias afectivas, donde la gente es anónima, donde hay muchas ofertas para actividades, muchas opciones de divertimiento y educativas. Cuando arriban a sus nuevos destinos, los urbanos tienden a pensar que para que la cosa funcione hay que hacer todo de nuevo. Rápido y eficiente, como si sólo fuera cuestión de voluntad", observa Eguren, psicóloga egresada de la UBA.
Otro de los jóvenes profesionales que se aventuró hacia el interior es Diego Sánchez Granel; su destino: un pueblo del sudeste cordobés llamado Inriville. De la comodidad de su hogar frente al Jockey Club, en San Isidro, pasó a vivir a más de 450 kilómetros de la Capital.
La razón que auspició semejante cambio fue su vocación por el campo. "Vine a vivir al campo porque tengo vocación agropecuaria; la tuve toda la vida", asegura el agrónomo, casado con Dolores Rodrigué, ceremonia campestre mediante, en 2003. "Cuando vinimos a vivir al campo, antes de la devaluación, la perspectiva de trabajar acá era sinónimo de morirte de hambre", advierte, y agrega que gracias al movimiento del agro viven el mismo nivel de adrenalina que en Buenos Aires.
"Aunque muchos sigan pensando que vivimos comiendo asado", se queja. pesar de la "notable diferencia cultural", logró asociarse con algunos de los locales para fundar una compañía de cosecha. "Somos como el agua y el aceite, pero juntos somos la mezcla perfecta", celebra el ingeniero, de 32 años, que en un principio se sintió un poco intimidado por las tradiciones pueblerinas. Lo más positivo de aquel primer traslado -ahora se encuentra instalado junto a su mujer en Cañada Rica, al sur de Santa Fe- fue la cosechadora en la que ya lleva invertidos más de cinco años. "Yo con los números, y los lugareños con los fierros. Gracias a la pasión que sienten por las máquinas, saben exactamente cuánto cuesta una cosechadora y cuánto mantenerla. Cuando vino la crisis, nos pusimos de acuerdo para seguir adelante", recuerda.
Como describe Eguren, estos jóvenes contagian costumbres y hábitos profesionales, educativos, culturales, laborales y recreativos nuevos a los locales. "Traen ideas innovadoras y si tienen la paciencia de permitir que se desarrollen desde la base local, apuntalando y destacando aquellas buenas características lugareñas, producen excelentes resultados para todos."
Por Victoria Pérez Zabala

CHICOS Y ESCUELA: UN DESAFÍO MAYOR

Uno de los rubros en los que más se ha hecho visible la mano de los recién llegados es en la educación. El principal motivo: quieren que sus hijos tengan las mismas posibilidades que ellos tuvieron en colegios de la Capital o el Gran Buenos Aires. "La gente que viene de Buenos Aires busca las mismas oportunidades que debieron dejar atrás", dice Carmen Sackman, desde su hogar en Pehuajó, que comparte con su marido Santiago Rocca, y sus cuatro hijos. "La participación en la comunidad es más necesaria y tiene más impacto", señala Carmen, que es psicopedagoga y trabajó en la comisión de padres del colegio Santa María, fundado hace 18 años. "De los diez matrimonios fundadores, cinco eran locales y el resto oriundos de Capital o del Gran Buenos Aires. Es muy útil que se comprometan los matrimonios jóvenes", sugiere.
"Junto a jóvenes profesionales porteños estamos desarrollando planes de desarrollo social a través de Cáritas Pehuajó. Por ejemplo, una Escuela de Jardineros", se entusiasma.
"Yo voy si mi hijo tiene lugar en el Colegio Santa María", es la advertencia que le llega a la directora de la escuela modelo, con estudios avanzados de inglés, Paula Fourcade, de parte de las esposas de los jóvenes profesionales. "En los últimos años hubo un boom, y nos hemos quedado sin cupo para los grados menores", aclara Fourcade, egresada del Instituto Lenguas Vivas. La directora explica las dificultades de instalar un colegio privado, que requiere el pago de una cuota en el interior. "Los locales no estaban acostumbrados a tener que pagar por educación; aunque tengan un buen nivel económico, muchos no nos eligen", dice, pero aclara que últimamente se han ido incorporando muchos, tanto que han superado a los hijos de los de Buenos Aires. El Colegio Santa María junto a Los Médanos, de Trenque Lauquen; Escuela del Alba, de Lincoln, y al Nuevo Surco, de América, forman una red que les permite intercambiar estrategias e información para potenciar el desarrollo educativo en distintas áreas.

DEMANDAS RENOVADAS

Cuando a los 27 años y a punto de recibirse como licenciada en Ciencias de la Comunicación Agustina Ocampo decidió casarse optó porvivir en una estancia en Piedritas, un pueblo a 490 kilómetros de la Capital. "No encontraría nada, más que un lugar solitario, estancado y desierto", pensaba. Pero a sólo cinco meses de haberse mudado, consiguió trabajo en el área de Comunicación de una empresa de agroinsumos, donde hoy, dos años después, continúa su labor. "Me di cuenta de que las distancias, que al principio me daban miedo, no eran tantas. Hace diez años acá no había luz; ahora los caminos siguen siendo de tierra, pero con Internet es mucho más fácil. Las distancias se acortan", observa.
A medida que las ciudades del interior se agrandan, surgen demandas de servicios que antes no existían. "Han aparecido nuevas oportunidades de desarrollo profesional en actividades como educación, marketing, diseño, consultorías, emprendimientos gastronómicos, comerciales y artísticos, gracias al paulatino crecimiento de las comunidades del interior", explica la consultora en Recursos Humanos Marina Eguren.

EFECTO DERRAME

Casi un 40% de la población argentina tiene alguna actividad relacionada con el agro. Según un estudio del economista y ex ministro de Educación de la Nación Juan Llach, por cada uno de los 1,2 millones de puestos de trabajo directos en la etapa primaria se generan 3,83 puestos en otras etapas y sectores, lo que totaliza 4,4 millones. Esto supone una relación de casi 5 a 1 entre el empleo directo y el indirecto.
Los expertos consultados lo describen como efecto derrame. "No se beneficia solamente el productor que está detrás de la soja también está el que puso un restaurante en el pueblo. Hay un impacto directo en la creación de empleo en los establecimientos de cada una de las cadenas agroindustriales en sus etapas de producción, industrialización o comercialización. Pero, a su vez, existe un impacto indirecto por la demanda de insumos para cada uno de los sectores: el que fabrica alambres o las gomas para las máquinas -razona Gustavo López, consultor de Agritrend-. Dada la importancia de este sector en la economía nacional, el incremento en la producción permitirá promover un mayor número de puestos de trabajo, tanto directos como indirectos, con el consecuente derrame en la mejora de la calidad de vida de la sociedad en su conjunto."